Low Rider, la filosofía automovilística que une a toda la colonia hispana del sur de los Estados Unidos, ya no siendo un simple espectáculo, sino todo arte.

En el corazón de un Low Rider late un complejísimo sistema electrohidráulico lista para accionar el conjunto de amortiguadores delanteros al mandato de su usuario. Quien crea este vehículo quiere que su automóvil muestre el empaque de ese héroe de leyenda

Publicado en:
05 octubre, 2002 @ 07:04
Publicado por:
PedroZC
Ultima Revision en:
14 octubre, 2010 @ 08:11
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PedroZC
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El creador de un Low Rider busca, lo primero, el lienzo idóneo para plasmar su sueño motorizado. La estética Low Rider no se reduce a la simple transformación del coche. Es una forma de vivir, una seña distintiva del hispano en los Estados Unidos.
En el corazón de un Low Rider late un complejísimo sistema electrohidráulico lista para accionar el conjunto de amortiguadores delanteros al mandato de su usuario. Quien crea este vehículo quiere que su automóvil muestre el empaque de ese héroe de leyenda. Es el signo identificativo de un colectivo que gana peso social, que aumenta el nivel de influencia en las decisiones de los Estados Unidos y que llega a marcar un estilo.
Los motivos de decoración pueden calificarse de "alucinantes". Volcados en motivos geométricos y en colores imposibles, tapizados en terciopelo, cretonas, cojines, brocados, todo se aprueba, especialmente si los colores elegidos son chillones, chirrantes.
La estética Low Rider como se dijo antes, no se reduce a la transformación del coche. Es una manera de vivir y hacerse ver, una seña distintiva del hispano en las Calles de los Estados Unidos, y para alcanzar la gloria se necesita una exhibición. Tambien existen las Bicicletas, que si en Dominicana existieran no quedarian piedras para los que la montaran.

 Los fines de semana congregan a estos reyes de la mecánica, la pintura y el tapizado en avenidas despejadas y aparcamientos vacíos de grandes superficies comerciales. Ha llegado el momento de mostrar el trabajo, de hacer partícipes a los amigos y conocidos de un nuevo ejemplo de arte sobre ruedas.
El espectáculo es apoteósico. Decenas de Low Riders avanzan muy despacio por el asfalto, levantando chispas en medio de una algarabía que lleva la firma musical de Los Lobos o Molotov.

 Esos mismos ejemplares de Low Rider realzan su presencia con neones de tonos malvas o anaranjados que delimitan los cuatro límites del coche sobre el suelo.
Van repletos de jóvenes, y menos jóvenes, vestidos para la ocasión: unos como genuinos cow boys de la frontera, otros como el ídolo de la fiesta, como El Pachuco.
Y, en el final de la fiesta, el concurso de salto. Los diferentes competidores alinean sus Low Rider en semicírculo. El jurado, provisto de varas de medición, se acerca a cada coche y comprueba la máxima altura alcanzada por el tren anterior tras unos brincos de lanzamiento. Aquí se alcanza ya el delirio.
Enchiladas, tacos, tequila... la fiesta Low Rider acaba de reforzar la identidad hispana de sus protagonistas.
La frase más repetida en esa ocasión contiene una buena carga filosófica: construye un Low rider, vive como un Low Rider. Es un mundo amable, que rehuye el stress de la velocidad, que apuesta por un automóvil con dimensión humana. Una tradición hispana que llega desde... los Estados Unidos.



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